lunes, 25 de abril de 2011

Agonicas


Corría el año 1990, y mientras Alemania se tomaba revancha de maradona, en el norte basáltico de nuestro país, ni se hablada de futbol. El campo atravesaba un período de sequía brutalmente largo, brutalmente devastador. Los animales comían tunas, comían talas, espinillos, cardos, caraguatás, comían lo que hubiera, y aun así, no les era suficiente.
Morían a montones, morían de a uno; no pasaba un solo día, sin que la paisanada volviera del campo, con los pingos, también locos de hambre, llenos de cueros de ganado.
Las vacas, hasta lamían las piedras de los arroyos resecos, el obviado musgo ahora se veía tan apetitoso. A veces se metían al agua, a los escasos ojos de agua que quedaban en los tajamares, y ya no saldrían. Enterradas en el barro, largo y denso, deshidratadas, esqueléticas, ya ni balaban, y hasta parecían estar aliviadas de haber encontrado la muerte.